21 de Noviembre de 2018

Razones para huir de Centroamérica

Grupo de centroamericanos indocumentados, viaja sobre un camión particular en aventón. Crédito: NORTEAMÉRICAGrupo de centroamericanos indocumentados, viaja sobre un camión particular en aventón. Crédito: NORTEAMÉRICA

OAXACA, México.- El éxodo de centroamericanos que atraviesa México disminuyó en Chiapas la fuerza que gestó entre San Pedro Sula y Ciudad Hidalgo para atravesar la frontera mexicana. Al llegar a Oaxaca siguió menos nutrida (alrededor de 3,500 de 7,000 que entraron el 19 de octubre), pero aún con la intensión de llegar a Estados Unidos.

Hombres, mujeres y niños quienes, entre su travesía y fe, narraron a Norteamérica las razones por las cuales se sumaron a la caravana, sin dudarlo, cuando un amigo los llamó para informarles, cuando lo escucharon en las noticias o lo leyeron en Facebook. Y así, simplemente, salieron en estampida a mediados de octubre con la esperanza de que algo más positivo ocurra en sus vidas.

“LOS SIN TIERRA”

A Luis Fernando le gusta el campo. Sentir que, con el trabajo de sus manos, brotará el maíz y el frijol, con los cuales se alimentaban sus ancestros y sus hijos en Copan hasta el día que llegó el crimen organizado y compró todas las tierras fértiles de la provincia y sus alrededores.

Luis Fernando emigró de Copán, Guatemala

“Ya no pudimos rentar más ninguna tierra”, cuenta mientras recorre una de las calles de este municipio hondureño a donde llegó con la Caravana Migrante.

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Desde que el Cartel de Sinaloa y sus aliados tomaron el control de Copán, otrora uno de los centros ceremoniales mayas más importantes, ubicado en la zona limítrofe entre México, los habitantes, en su mayoría dedicados a la agricultura, fueron de mal en peor.

“Ellos y sus células locales compraron los mejores terrenos para meter pastizales”, recuerda, Luis Fernando. “Luego no nos dejaban ni pasar a cortar leña y ni podíamos cocinar”, agrega su mujer con un gesto de enojo que parece denuncia. “Esperamos que Trump se le ablande el corazón porque no podemos regresar en Guatemala, allá no tenemos nada, ni un pedazo de Tierra y tenemos miedo”.

“LOS HAMBRIENTOS”

Antonio Castillo, de 23 años, es un muchacho de ojos alegres que disfruta la vida con poco. Al menos eso dice cuando mete la cuchara en un plato de arroz con frijoles. “Voy a llegar bien cachetón a Estados Unidos”, bromea. Da un trago al refresco, dos lujos que nunca podía permitirse en Tegucigalpa.

Como vendedor en una tienda de abarrotes, veía el producto pero no podía tocarlo porque todo estaba en un inventario y con su sueldo le alcanzaba para poco. “Ganaba 100 lempiras al día (algo así como cinco dólares) y sólo podría comprar diariamente una malteada de chocolate y dos cemitas.

Honduras padece actualmente una de sus peores crisis laborales, con alrededor del 60% de su población económicamente activa en el subempleo con sueldos que rondan los cinco dólares al día para trabajos primarios mientras la inflación eleva día a día los precios. “Yo tomaban malteadas tres veces al día porque no podía pagar nada más”, cuenta Castillo a Norteamérica. Y sigue masticando. “Aquí se come muy bien”, insiste.

“LOS EXTORSIONADOS”

Después de muchos años de trabajo, José Hernández, abrió su empresa para revender gas. Subía y bajaba por varias colonias de San Pedro Sula, con buenas ganancias que le permitían una vida digna hasta que la Mara Salvatrucha y sus brazos extorsionadores le echaron el ojo.

Comenzaron a pedirle 100 lempiras al día, pero cuando llegaron a 800 ya no pudo. “Las ganancias ya no eran para tanto y preferí cerrar el negocio”.

José Hernández. Crédito


José Hernández. Crédito

Aparentemente con esa decisión moriría el asunto, pero no fue así. Lo buscaban para cobrarle hasta que, finalmente tuvo que huir con su mujer al departamento de Cofradía. Buscaba ahí empleo cuando vio en las noticias que se gestaba la caravana y decidió unirse, sin pensarlo. “Aquello era imposible de sostener”, cuenta con la mirada en busca de un espacio en la explanada municipal para descansar.

En medio de la muchedumbre que se asentó entre plásticos y ropa sucia colgada en improvisados tendederos, Hernández ve un hueco entre un hombre que duerme y otro que mordisquea un pan. Toma su cobija y se sienta. “Aquí estoy mejor”.

“EN BUSCA DE HORIZONTE”

A Cindy Paola le han hablado tanto de Estados Unidos que en su mente no hay otro paraíso. Ni siquiera su casa o la escuela que dejó a los 17 años porque cree que en el país de sus sueños podrá volver a clases, aprender inglés y tener un futuro mejor, lejos del caos de San Pedro Sula, donde no ha visto otra cosa que el sufrimiento de los suyos.

Sobretodo de las mujeres. Sus tías, hermanas y primas se embarazan ilusionadas de tener una familia, pero una y otra vez, sus parejas, novios, esposos, amanes las abandonan con los niños en brazos sin futuro. Ahora mismo viaja con su prima Estela, quien tiene cuatro niños de entre dos y cinco años. Hace poco la dejó su esposo.

“Vengo a ayudarle con lo pequeños, pero creo también que allá puedo encontrarme algo mejor, alguien que sea responsable y se pueda hacer vida común, ¿la escuela? Sí, debo retomarla pero lo importante ahora es salir de aquel lugar desesperanzado y mandarle dinero a mis padres”.

“LOS ASESINADOS”

Jesús tiene aún la cara de niño y lo sabe aunque intenta parecer más grande cuando va dando zancadas con sus amigos por las calles de México.

A sus 16 años ha visto mucho y de todo: la muerte de su padre y de su hermano en la provincia de Santa Bárbara y también la persecución de un grupo de pandilleros para reclutarlo.

Antonio Castillo tras agradecer en la iglesia de Pijijiapan

“Les dije que no, pero insisten y ya no quiero estar así”, lamenta dando un largo trago a una “gaseosa”para amortiguar el calor. Cero fotos. “Mejor camino para no pensar”.

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