22 de Marzo de 2019

“No me arrepiento de mi autodeportación”

México.- Karina Luna abrió tanto como pudo sus enormes ojos negros. Su cara se contrajo en una expresión de sorpresa y apretó con más fuerza a la bebé que tenía en brazos para escuchar la mala noticia que traía su padre -así se lo había advertido camino a su casa- después de varias horas de angustia.

-A tu marido lo van a deportar, la policía lo detuvo manejando borracho- le dijo a rajatabla- ¿Qué vas a hacer?

Corría el año 2009 en Iowa, ella recientemente había cumplido los 18 años, tenía a su hija Ayumi casi recién nacida, jamás había trabajando y no veía una vida sin Jorge, su pareja, aunque éste fuera alcohólico y le interesaran las drogas, aunque de vez en cuando le diera unas tundas “por necia”.

-Karina se regresa a México- contestó al padre como si hablara de otra persona, “para mirarse desde afuera”, una costumbre que guardaba desde que era niña y vivía en Chalco, Estado de México, y veía a su entorno violento entre asaltos a mano armada, familias disfuncionales, siempre en tiempos de crisis.

El progenitor refunfuñó primero, gritó después y finalmente le imploró que no se fuera, él la protegería, él le daría dinero para la niña, él la metería a high school para que terminara sus estudios porque él era un hombre exitoso. Aunque indocumentado, había creado una empresa constructora con apoyo de su segunda mujer, madrastra de Karina, y podría ayudarle.

“Prefiero verte llorar ahora a que te arrepientas después”, le dijo finalmente aunque sin éxito.

Imagen cortesía Karina Luna y Gardenia Mendoza

Karina Luna puso a su hija en el portabebé, actas de nacimiento, biberones y tomó un vuelo a San Antonio, donde la recibieron unos parientes mientras su marido era deportado a Nuevo Laredo por agentes de la Patrulla Fronteriza. Una vez que Jorge estuvo en Tamaulipas ella lo alcanzó y juntos tomaron una autobús hasta la Terminal del Norte, en la capital mexicana, para sumar aquel año los 601, 356 repatriados de Estados Unidos.

No pasaron ni dos semanas cuando la familia completa ya estaba sobre el piso del Centro Histórico, donde colocaron un puesto clandestino de diseños de vinil para decorar paredes. Con Ayumi a cuestas, los retornados extendían sobre una tela los productos y cuando los policías se acercaban salían corriendo para evitar ser detenidos, siempre bajo el sol, un día tras otro, incluso los fines de semana porque era cuando mejores ventas tenían: a veces sacaban entre sábado y domingo 8,000 pesos (unos 400 dólares) libres de polvo y paja.

No te vayas a emborrachar con tus amigos y a gastar el dinero, le pidió un día Karina Luna cansada de ver su dinero esfumarse y de verse mal vestida, ella, tan limpia y cuidadosa con su imagen y la de su hija; en cambio, recibió una retahíla de palabrotas y un adelanto sobre los nuevos planes que tenía en mente su pareja: “nos vamos a vivir a Circunvalación”.

 

La Avenida Circunvalación, a la altura del Centro Histórico, es un nido de vicios en la Ciudad de México entre cantinas de mala muerte, prostitutas y tráfico de drogas. Karina sintió que le faltaba el aire y entonces salió de su boca algo que jamás pensó que diría.

“Ya no quiero estar contigo”.

LA TRANSFORMACIÓN

Algunas veces Karina Luna recuerda lo bien que la trató el Estado durante el embarazo en Estados Unidos. “Fue bien bonito”, suspira por el tiempo cuando psicólogas, trabajadoras sociales y enfermeras le daban enseñanzas prenatales y después del parto le enseñaron como tratar al bebé, aunque en México también ha sido bien tratada.

“Aquí aprendí a ser más fuerte”, reconoce apenas se sienta para tomar un café y narrar su historia.

Empezó con un curso de Alcohólicos Anónimos que originalmente iba a tomar Jorge, su ex pareja pero éste nunca llegó. Ella lo esperaba con su hija y se quedó a escuchar la charla. Así se enteró por primera vez que las personas deben tener proyectos de vida, de ser independientes y sentirse bien y lo mucho que ayuda el deporte a visualizar metas.

Imagen cortesía Karina Luna y Gardenia Mendoza

Un día en el parque vio que la gente que corría ahí parecía feliz y ella comenzó a correr detrás de ellos, imitándolos. Llevaba unos tenis medio viejos pero se animó a trotar y a conocer el mundo de los velocistas amateurs, de las carreras, de los entrenadores y los premios.

A la par siguió su trabajo de vendedora para mantener a su hija, pero ya no “toreando” a la policía” en el comercio ilegal sino de casa en casa con productos para mejorar la nutrición, una inquietud que adquirió en talleres del Sistema DIF del estado y que le da para rentar una casa sola, cuidar a su niña y participar en concursos como corredora fondista en los 5,000 metros.

Karina es hoy una promesa del deporte en el Estado de México con tres carreras ganadas (primer Lugar en la afamada del Pavo, patrocinada por la empresa Fud) y buscará participar en las Olimpiadas Centroamericanas como un primer paso con miras a los Juegos Olímpicos. ¿Un nuevo esposo? No, por ahora no. Ni siquiera tiene novio. Desdichada la persona que no puede estar sola y ella tiene mucho camino por delante después de sus 25 años.

“Yo creo que el poder está dentro de uno mismo no por la gente que lo rodea, no por el país donde vive”, dijo recientemente a su padre, quien siempre le pide que regrese a Iowa y se busque otro marido.

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